75° Asamblea Anual de Fedecámaras

Discurso toma de posesión

Ricardo Cusanno

Presidente electo de Fedecámaras 2019-2021

Buenas tardes.

Presidente y demás compañeros de la Junta Directiva saliente de Fedecámaras.

Compañeros gremialistas que hoy nos honran con su asistencia.

Señoras y señores.

En primer lugar, quiero agradecer la confianza que el día de ayer la mayoría de los afiliados depositó en la nueva Junta Directiva que me corresponde presidir. El día de hoy quiero compartir con ustedes una reflexión que desde hace muchos años he estado tejiendo y que, según pienso, puede resultarnos de utilidad para los tiempos que vienen. Así que este, más que un discurso emocionante que arranque aplausos sin cesar, pretende con humildad ser un discurso que nos invite a pensar.

Fue Albert Hirschman, un genial y heterodoxo economista de origen alemán, que desarrolló su carrera docente y de investigación en universidades como Berkeley, Yale, Columbia, Stanford, Harvard y Princeton, quien contribuyó notablemente a comprender la utilidad social de los intereses incluso antes del ascenso del capitalismo como sistema económico predominante.

Hisrchman, que además fue un asesor internacional en materia de crecimiento y desarrollo, y vivió durante algunos años en Colombia, tuvo una vida tremendamente agitada. Quedó marcado por acontecimientos tan estremecedores como el ascenso de Hitler al poder, su participación en el ejército francés como voluntario, la tentativa de participar en la Guerra Civil española, que, de hecho y por fortuna, no se concretó, y hasta la persecución de la que fue objeto, pues él, que había ayudado a miles de perseguidos a huir por un puesto de frontera francés, tuvo que terminar migrando a Estados Unidos en enero de 1941.

En su libro Las Pasiones y los Intereses, un trabajo de relevancia que le recomiendo a todos, Hirschman explica la transformación cultural y podría decirse que hasta ideológica que debió producirse para que pudiera emerger el capitalismo. Pienso que, para el momento que vive Venezuela, puede ser de especial utilidad recordar algunos pasajes de ese recorrido que va desde la decadencia y posterior caída del Imperio Romano hasta el siglo XVIII. 

Hirschman nos relata cómo, a comienzos de la edad media, las actividades comerciales y otros modos de obtener dinero tenían un lugar inferior en la escala de valores sociales. En contraste con “la lucha por alcanzar el honor y la gloria” -los valores dominantes de la época-, las actividades lucrativas eran vistas, si no con desprecio, al menos con subestimación.

Fue a comienzos de la era cristiana cuando San Agustín denunció el ansia de dinero y posesiones como uno de los tres principales pecados del hombre. Los otros pecados eran, en su opinión, el ansia de poder (también conocido como la libido dominandi) y la lujuria sexual.

Hay que subrayar, sin embargo, que San Agustín se refirió al “ansia de dinero y posesiones”. Repito, al “ansia”. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define ansia como “la congoja o fatiga que causa en el cuerpo inquietud o agitación violenta” o “la angustia o aflicción del ánimo”. San Agustín se refería entonces, si hemos entendido bien, a un desorden anímico, a una voluntad desmedida, a un deseo sin freno.

¿Significaba esto que las posesiones derivadas del trabajo, del esfuerzo individual y de la disciplina fueron censuradas por la Iglesia desde su nacimiento? La verdad es que no. La misma Biblia es bastante elocuente sobre esto, especialmente cuando dice en el Génesis (cito textualmente): “Entonces el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (fin de la cita). Un pasaje en el que se resalta latentemente la función del trabajo, casi al modo de una misión. O como cuando, en los Salmos, se establece (cito): “Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos” (fin de la cita). O más aún, como cuando Dios le dijo a Adán (cito): “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (fin de la cita). Es la misma Biblia donde se dice: “La mano negligente empobrece, más la mano de los diligentes enriquece”.

Curiosamente, pese a todas estas evidencias, la conexión entre el trabajo y el interés no fue socialmente legítima sino hasta la llegada de la modernidad. ¿Pero qué tuvo que ocurrir para que se legitimara socialmente la persecución del interés económico? ¿Cómo se pasó de una época dominada por los valores caballerescos del honor y la gloria, a una en la que perseguir el interés privado gozara de aprobación y fuese estimado ulteriormente como beneficioso para la sociedad? Como suele ocurrir en la historia del mundo, ello fue el resultado de una combinación de factores, pero deseo destacar, en lo sucesivo, tres acontecimientos cruciales desde la perspectiva de la historia de las ideas:

Primero, fue el mismo San Agustín quien concibió la posibilidad de que, en sus propias palabras, un “vicio” pudiese corregir otro, e incluso, la idea de que una pasión o un vicio atenuados podían tener un “valor social redentor”. Y fue así como San Agustín abrió la puerta para que, muchos siglos después, alguien se interrogara: ¿qué otros “vicios” (entre comillas) pueden corregirse o atenuarse con las actividades lucrativas, las mismas que en algún momento fueron consideradas también -equivocadamente, desde luego- como un “vicio”? O dicho de otro modo, ¿qué valores socialmente deseables se estimulan persiguiendo lo que aparentemente sólo constituye una manifestación del interés privado?

Pues como siempre se supo, el comercio, la industria y otras actividades lucrativas estimulaban valores tales como el trabajo, la disciplina y la constancia, y volvían posible la satisfacción de necesidades sociales, y como se supo luego, el despliegue y expansión del comercio exterior atenuó los enfrentamientos bélicos y hasta la voluntad de poder de muchos gobernantes.

La expresión “burgueses”, que todavía hoy en día tiene una connotación negativa en algunos círculos, particularmente como consecuencia del impacto del relato marxista entre los siglos XIX y XX, en verdad remite originalmente a una clase media cuya función social era la producción y el intercambio comercial. Los “burgueses” originales eran los habitantes de los “burgos”, espacios territoriales que no estaban sujetos a la jurisdicción feudal. Los “burgueses” originales no eran ni señores feudales ni siervos y no pertenecían ni a los estamentos privilegiados (la nobleza y el clero) ni al campesinado. Y aunque su rol era el del intercambio comercial, en el caso de los mercaderes, también existió una burguesía de los oficios, como era el caso de los artesanos y de los que ejercían profesiones liberales.

Y para confirmar que los “burgueses” no constituían, en inicio, la clase social dominante, debo recordar que formaban parte del estamento medieval de los laboratores, en contraste con los oratores (el clero) y los bellatores (la nobleza armada encargada de las tareas de defensa). Para decirlo pedagógicamente, la aristocracia constituía la clase social dominante. Desde luego, la transición del feudalismo al capitalismo contribuyó a que la influencia de la burguesía como clase y fuerza social aumentara, pero no tanto porque la actividad que esta clase desarrollaba adquiriese cada vez más importancia y utilidad social sino, sobre todo, porque el modo de entenderla cambió.

Segundo, fue a partir del siglo XVIII cuando escritores de varios países de Europa occidental contribuyeron a la demolición de los ideales caballerescos del honor y la gloria. Poco a poco fue ganando terreno la idea de que todas las virtudes heroicas no procuraban otra cosa, a la postre, que la autoconservación, y que la pretensión de heroísmo no es sino una forma de legitimar la pasión por el poder político, algo que la historia ha demostrado elocuentemente hasta nuestros días. Pero no fue degradando los valores tradicionales o proponiendo un nuevo código moral como se demolió la mitología del “héroe”. Ocurrió un cambio más profundo en la historia de las ideas.

Entre el Renacimiento y el siglo XVIII se inició una honda reflexión acerca de la naturaleza del hombre. Al lado del énfasis en los códigos morales, que tenía en mente el objetivo de regular el comportamiento colectivo y particularmente las pasiones humanas, a medida que se acercaba la modernidad el debate se trasladó a cómo realmente es el hombre, no tanto cómo debía ser. Ciertamente, fue en el Renacimiento cuando surgió la idea de que no se podía confiar en la filosofía moralizadora y en la religión la capacidad para frenar las pasiones de los hombres. Era necesario encontrar, por tanto, un nuevo abordaje y un tratamiento distinto, más eficaz, de los impulsos vitales de los hombres, de sus inclinaciones naturales.

La primera respuesta que históricamente se ofreció fue la coerción y la represión. Fue así como el advenimiento del Estado estuvo asociado a la tarea de reprimir los impulsos, incluso mediante la fuerza si era necesario. Pero rápidamente se descubrió la ineficacia de esta “estrategia”: ¿qué pasaba si el poder político no hacía bien su trabajo debido a las propias pasiones desarrolladas por los gobernantes, bien sea por cálculo estratégico, por crueldad o alguna otra motivación?

La segunda respuesta históricamente ofrecida fue la de aprovechar las pasiones, en lugar de reprimirlas. Y es allí cuando se pensó que el Estado y la sociedad eran los medios transformadores o civilizadores de las pasiones. Fue así como un pensador como Giambattista Vico llegó a plantear lo siguiente (cito): “De la ferocidad, de la avaricia y de la ambición, que son los tres grandes vicios que afectan a todo el género humano, [la sociedad] hace la milicia, el comercio y la política, y con ellas la fortaleza, la opulencia y la sabiduría de las repúblicas; y de estos tres grandes vicios, que ciertamente arruinarían la estirpe humana en la tierra, surge la felicidad civil”.

Como puede advertirse, siguiendo a Hirschman, es en estas ideas de Vico que se encuentran los cimientos básicos de conceptos como “La Astucia de la Razón de Hegel”, la “sublimación”, propuesta por Freud, y el de la “Mano Invisible” de Adam Smith.

Pero fue un inglés, Bernard Mandeville, incluso antes de Adam Smith, quien ofreció una clave para comprender cómo, mediante la “dirección cualificada de un “político hábil”, los “vicios privados” podían transformarse en “beneficios públicos”. Y fue siguiendo esta línea de razonamiento como el Adam Smith de La Riqueza de las Naciones, al sustituir las categorías “pasión” y “vicio” por las de “ventaja” e “interés”, ofreció una interpretación más acabada del impacto de los impulsos de los hombres cuando estos son regulados e institucionalizados. 

Así pues, el “obstinado” deseo de ganancia vino a ser asimilado luego, en virtud de la constancia que requiere toda empresa, como un atributo con consecuencias socialmente positivas. Pues a la postre se descubrió que para contrarrestar una pasión había que emplear otra -la llamada “pasión compensatoria”- y que, si una de ellas era inocua, es decir, no le hacía daño a nadie y hasta generaba “bienes públicos”, era sin duda alguna preferible.

De este modo, la idea de procurar ganancias como resultado de una actividad económica, si es conducida racionalmente, empezó a ser vista como una “pasión tranquila”, que podía tener el empuje para sustituir a otras “pasiones más turbias y violentas”. Y fue así como, en esta narrativa, se separaron las pasiones de los intereses, otorgándole mayor crédito a los segundos, los intereses, por estar mediados por un cálculo racional, por ser predecibles, en contraste con el carácter volitivo o violento que suponen las pasiones.

La tercera transformación a la que me quiero referir fue el proceso por intermedio del cual se consolidó la idea de que procurar maximizar la utilidad puede tener consecuencias positivas para la sociedad, de modo que la búsqueda de la rentabilidad puede producir y, en efecto, produce “bienes socialmente útiles”, cuando la dirección estratégica de los asuntos públicos lo comprende y cuando un conjunto de reglas de juego lo permiten.

Ya sabemos que la idea de enfrentar una pasión a otra para regularla se había impuesto progresivamente antes de la llegada de la modernidad. Y ya sabemos que la expresión “interés” había surgido para designar el conjunto de actividades que se organizan y llevan a cabo de forma calculada y planificada, que demandan prudencia, constancia y son, por tanto, predecibles. Pero hasta nuestros días ha llegado apenas una dimensión de la palabra “interés”, la estrictamente económica, cuando en verdad esta expresión abarcaba mucho más que eso: significaba, de hecho, la totalidad de las preocupaciones y aspiraciones humanas, siempre asistidas por un cálculo racional.

Fue la expansión del intercambio comercial lo que terminó de probar la tesis de que los intereses eran preferibles a las pasiones. Fueron los beneficios globales del intercambio comercial, y no sólo los económicos, sino también los políticos y sociales en un sentido amplio, los que demostraron su utilidad social. Por ejemplo, la expansión del comercio local contribuyó a una mayor cohesión social en las comunidades, mientras que el comercio exterior contribuyó a evitar guerras o a celebrar acuerdos entre Estados.

La realidad contemporánea ha venido a consolidar esta idea, pese a que, todavía por estos días, hay quienes no comprenden esto: cómo, buscando satisfacer intereses privados, es posible contribuir al bien público, si esto se lleva a cabo, desde luego, en un contexto institucional apropiado, en un marco de reglas estables y con una dirección de los asuntos públicos consciente y abierta. Pues es en el marco de un Estado que comprende que para abastecer mercados y satisfacer necesidades sociales se requiere estimular la inversión privada, no reprimirla o perseguirla, que resulta posible el hecho de que la búsqueda de intereses privados produzca una utilidad social.

Y he llegado después de este recorrido al punto central sobre el que deseo que reflexionemos como gremio. ¿Qué utilidad social o qué bienes públicos puede producir la empresa privada en un contexto institucional apropiado?

Para empezar, como se sabe, la producción de bienes y servicios satisface necesidades sociales. Pero, además, la creación de empresas produce puestos de trabajo, contribuye a la generación de empleos. Y es el trabajo bien remunerado, lo que desde luego procura una mejor condición de vida. Pero detrás de esto hay un beneficio más relevante. Es la dignificación de la vida por intermedio del trabajo lo que termina edificando una sociedad productiva. Es el valor del trabajo, del esfuerzo individual y colectivo, lo que termina generando una sociedad próspera. Y en este punto están de acuerdo todos los autores, desde Marx hasta Hayek. Porque, hay que decirlo, hasta Marx aspiraba a una sociedad caracterizada por la abundancia, no por la precariedad.

¿Y cómo es factible edificar una sociedad próspera? No veo otra manera de hacerlo que incentivando el esfuerzo individual y colectivo. No veo otra manera que estimulando la producción y la competencia. Pues hace mucho se sabe que un incremento de los volúmenes de existencia permite, a largo plazo, combatir la inflación, como también se sabe que desarrollando las capacidades y ventajas competitivas de la empresa privada se está en mejores condiciones de exportar.  

La empresa privada también contribuye al crecimiento personal y profesional de los individuos, a su realización. Amplía las fronteras del entendimiento humano, permite el perfeccionamiento de los oficios, pone a los individuos en contacto con tecnologías. Les permite tener acceso a conocimiento, medios y oportunidades que difícilmente tendrían lugar de otro modo. Y ya se sabe que una empresa involucrada y comprometida con su entorno, que pone en marcha programas de responsabilidad social para beneficiar a las comunidades, también puede contribuir al fortalecimiento de la cohesión social y al desarrollo humano.

Tuvieron que transcurrir 18 siglos para que se comprendiera en el mundo la utilidad social de la propiedad y la empresa privada. ¿Cuánto tiempo más debe transcurrir en Venezuela para que esto se entienda?

¿El capitalismo, como sistema económico, está exento de problemas? La verdad es que no. Ya sabemos que, sin adecuadas regulaciones, los mercados producen fallas y desigualdades. Si nos remontamos a la historia del pensamiento económico, habría que recordar que Marx predijo que el capitalismo conducía a sucesivas crisis y así ha ocurrido. Pero lo que no previó Marx, una de sus grandes equivocaciones, es la capacidad autotransformadora del capitalismo, su capacidad para superar las sucesivas crisis y sobrevivir. Pues el capitalismo integra, en su funcionamiento, la posibilidad de efectuar reformas, a diferencia de lo que ocurre con otros sistemas, que a la postre terminan resultando más resistentes al cambio.

Ya no se discute que el Estado deba ejercer el rol de árbitro y regulador, lo que sí se debate es cómo lo hace. Y tampoco se discute que el mercado sea un mejor asignador de recursos que el Estado, pues el Estado no está en capacidad de producir bienes y servicios en todos los sectores económicos. Lo que sí se discute es que, sin la existencia de acuerdos básicos entre el sector público y el privado, no es posible producir bienestar social de forma perdurable en el tiempo. Y no es realista pretender generar crecimiento y desarrollo sostenible a la postre si algunas libertades fundamentales no están debidamente protegidas y garantizadas. Esto ha quedado claro en Venezuela hace más de una década.

Lo que hoy quiero proponer, a nombre de muchos empresarios en Venezuela, es refundar las bases de nuestra comprensión sobre la economía, como sociedad. Que nos propongamos como objetivo indeclinable rehacer los fundamentos sobre los cuales se ha apoyado la interpretación colectiva predominante acerca de los fenómenos económicos y, en particular, que salgamos a defender la utilidad social de la empresa privada. Pero para ello, debemos celebrar un nuevo compromiso con la tierra que nos vio nacer para dejar patentemente claro el mensaje de que, persiguiendo nuestro legítimo interés, estamos dispuestos a ofrecer una contribución sustantiva para que Venezuela salga de este atolladero histórico. Que como empresarios asumamos el compromiso conjunto de reactivar y recuperar la economía mediante unas reglas de juego que lo hagan posible, para lo cual es mucho lo que el Estado debe hacer, pero también que nos planteemos una nueva relación con la sociedad, en la que el bienestar social sea tan importante como el interés privado. Uno y otro, al contrario de lo que nos han dicho durante muchos años, son interdependientes, no excluyentes. Uno y otro pueden ser las bases de una sociedad más humana y próspera. Uno y otro pueden producir crecimiento y desarrollo sostenible.

Me refiero a una sociedad que valore y aprecie el trabajo, una sociedad que estimule y premie el esfuerzo individual y colectivo, una sociedad que eleve sus niveles de productividad y competitividad. Pero para que ello sea posible, también se requiere que, desde el Estado, cualesquiera sean los conductores, cambie la mentalidad para abordar los problemas económicos de este tiempo. 

¿Cómo generar condiciones para la reactivación económica y la recuperación del PIB perdido durante 6 años consecutivos, si no se estimula y premia el esfuerzo de los empresarios que, pese a todas las dificultades, aún seguimos en Venezuela? ¿Cómo esperar un cambio significativo en el corto plazo si, de manera formal y oficial, no se modifican algunas normas que han castigado el sano despliegue del interés privado? ¿Cómo esperar que Venezuela supere esta traumática etapa histórica si no se empieza por admitir lo que el mundo ya comprendió hace muchos años?: que no es reprimiendo el interés privado como se puede generar bienestar social sino, por el contrario, permitiendo que la empresa privada opere en el marco de unas reglas de juego que estimule el incremento de la productividad? ¿Cómo avanzar si no hay un reconocimiento explícito de los derechos de propiedad y de la propiedad privada en sí misma? ¿Cómo superar este terrible trance que nos ha tocado vivir si no se desafían o se ponen en tela de juicio algunas contribuciones que se han revelado insuficientes para comprender la economía contemporánea?

Por ejemplo, ¿cómo avanzar si Las venas abiertas de América Latina, el texto de Eduardo Galeano, sigue siendo una referencia obligada y dogmáticamente seguida para algunos decisores?, ¿Se sabía que el mismo Galeano, pocos años antes de morir, admitió que cuando había escrito ese libro no tenía suficientes conocimientos de economía? ¿Se sabía que no sólo Von Mises, Hayek y Friedman fueron insistentes defensores de la propiedad privada, sino también, mucho antes, el mismísimo Proudhon, el socialista utópico? ¿Se sabía que Fernando Henrique Cardoso, uno de los grandes arquitectos y factores contribuyentes de la transición a la democracia y la reforma económica en Brasil fue, originalmente, marxista? ¿Se sabía que Cardoso fue uno de los “padres de la teoría de la dependencia de América Latina”, que la comunidad académica internacional decretó como fallecida en los 90? ¿Qué tuvo que experimentar Cardoso para que, en su gestión como Presidente, se produjera una brillante reinserción de la economía brasilera en el mundo? ¿Cómo fue posible que Cardoso, un consumado izquierdista, fuese una pieza clave del ascenso de Brasil como una de las economías emergentes más importantes del mundo? Pues ocurrió una cosa esencial: Cardoso se abrió al cambio, desafió sus propias creencias y predisposiciones, cuestionó las bases conceptuales sobre las que había construido su comprensión de lo económico.

Es inevitable preguntarse si no ha llegado la hora de desafiar algunas creencias erróneas y de estimular un sano debate acerca de nuestro destino. Es inevitable preguntarse por las condiciones en que debería tener lugar un cambio en Venezuela en muchas dimensiones de la vida social. Pero uno de los cambios que hoy quisiera destacar, que nos hace falta con sentido de emergencia, es el de cómo entendemos y cómo nos aproximamos a los fenómenos económicos contemporáneos.

El análisis de Marx tiene vigencia fundamentalmente para la sociedad que él vivió, la que estuvo decisivamente configurada por los impactos de la primera gran revolución industrial, que tiene lugar en la década de 1770. Ese capitalismo primigenio, se podría decir que hasta germinal, produjo ciertamente enormes desigualdades sociales. Pero la historia del siglo XX demostró cómo las luchas sociales que se dieron en todas partes del mundo contribuyeron a mejorar las condiciones de los trabajadores. Esa historia nos ha enseñado cómo el capitalismo ha podido adaptarse a los nuevos tiempos y cómo los empresarios podemos introducir cambios en nuestra relación con otros sectores sociales.

La primera edición de El Capital salió a la luz pública alrededor de 1867. Y aunque algunos de sus aportes son reconocidos hasta por intelectuales de derecha, no es menos cierto que el sistema económico que surgió del legado de Marx no se reveló ni más eficaz ni más humano que el capitalismo. Estamos hablando de una obra que se publicó por primera vez hace siglo y medio. A los empresarios nos cuesta pensar que ese sigue siendo el “mapa de navegación”, el conjunto de coordenadas a partir de las cuales se piensa y analiza la economía de hoy.

En virtud de todo lo anterior, deseo proponer una gestión que tenga por elementos los siguientes:

A lo externo:

  1. Nos proponemos promover acuerdos con gremios empresariales de otros países. Tenemos que dejar el parroquialismo. Tenemos que pensar como indica el lema del Club de Roma: “actuar localmente y pensar globalmente”. Tenemos que prepararnos para la reinserción de la economía venezolana en el mundo. Ya sé que muchos de estos años, para no decir todos, le han hecho un grave daño al tejido social, incluyendo el tejido empresarial. Pero tenemos que hacer un esfuerzo porque el cambio se va a producir más temprano que tarde. Es tremendamente complejo pronosticar cuándo y cómo se va a producir, pero tenemos que estar preparados para cuando ello tenga lugar.
  2. Es imperativo que desarrollemos capacidades organizativas para poder apoyarnos mutuamente. No es el momento para que, entre empresas venezolanas, nos consumamos en medio de altos niveles de rivalidad. Es el momento de la coo-petencia. Debemos fortalecer nuestras relaciones.
  3. Fedecámaras puede ser el promotor de un Fondo de Inversión en Venezuela. La diáspora es ciertamente muy dolorosa, pero también puede ser vista como una oportunidad de largo plazo. Porque los venezolanos que están afuera pueden apoyar la reconstrucción del país, sea que vuelvan o decidan quedarse en los países que los acogieron. Si hay algo que caracteriza a nuestra diáspora es la fuerte conexión que mantiene con el país. Lo hemos podido constatar de primera mano en múltiples oportunidades. Los venezolanos que están afuera pueden apoyar a la reconstrucción del país. Sólo falta que, en el marco de unas reglas distintas, les llamemos y establezcamos sinergia con ellos. Tenemos que pasar del “hecho en Venezuela” al “hecho por venezolanos”.

 A lo interno:

  1. Será una prioridad para esta gestión poner en marcha una diversidad de proyectos educativos y de formación con dos objetivos básicos: mejorar la comprensión de la ciudadanía sobre temas económicos y formar mejor a nuestros ciudadanos en competencias y habilidades asociadas a las actividades empresariales. En particular, educar sobre la importancia de las garantías y libertades económicas, lo que pasa por el reconocimiento de otras libertades.

A estos efectos proponemos:

– Institucionalizar la cátedra “Democracia y Libre Empresa” en todas las universidades nacionales del país.

– Diseñar y poner en marcha una programación de foros, seminarios y talleres para que se conozcan los aportes de la empresa privada a lo largo de la historia, tanto en el mundo como en Venezuela.

– Diseñar y poner en marcha un programa de formación de emprendedores y empresarios, con acreditación de universidades nacionales y, por qué no pensarlo y explorarlo, universidades extranjeras.

– Diseñar y poner en marcha una Escuela de Formación de líderes gremiales.

– Promover el acceso a fondos para financiar la formación, como el caso de los Emiratos Árabes.

  1. Ciertamente, necesitamos estimular la emergencia de una nueva forma de entender la actividad empresarial, pero no podemos seguir siendo únicamente defensores de intereses privativos de pequeños grupos. Tenemos que ser veedores de las “fallas del Estado” y las “fallas de mercado”.

Para ello, propongo iniciar las bases de un nuevo modo de relacionamiento con la sociedad. Esto puede requerir la conformación de al menos una comisión de trabajo, que oriente a Fedecámaras en la búsqueda de una relación más cercana y cooperativa con otros sectores sociales. Pero también requerirá una predisposición distinta en el sector empresarial. Es en los últimos años que hemos visto cómo una relación más estrecha entre el empresario y el trabajador puede proveerle mayor fortaleza y mejores garantías de supervivencia a la empresa. He allí un ejemplo de lo que vengo a proponer, que no se limita sólo a la relación con los trabajadores. Abarca también a otros sectores sociales como las universidades y la economía informal.

  1. Necesitamos desarrollar competencias en materia de inteligencia comercial estratégica. Debemos identificar verdaderamente en qué somos competitivos hoy y en qué podemos ser realmente competitivos mañana, pensando en el mediano y largo plazo.

Porque, estoy de acuerdo, puede ser oportuno empezar a pensar en un plan para promocionar la “marca país”, y hasta podríamos trabajar en un plan de mercadeo de estados y localidades, como se ha hecho en los Estados Unidos para promover una sana competencia. Pero para ello debemos tener claridad de los sectores que pueden constituir el motor de la reactivación, la recuperación económica, la diferenciación y competitividad de Venezuela en el futuro.

  1. Es crucial promover acuerdos entre el sector privado y público. Y si ello no fuese posible en las actuales circunstancias, debemos comunicarle al país lo más eficazmente posible lo que proponemos, para que los gobiernos que vengan lo conozcan.

Tengo claridad de las dificultades de llegar a arreglos institucionales básicos en la actualidad. Aunque, con razón, muchos me perciban como una alternativa joven y fresca, tengo 11 años de actividad gremial, lo que me ha permitido conocer de primera mano los obstáculos. Y por ello mismo, estoy consciente de los retos que impone la actual situación.

A este respecto, deseo sugerir que tengamos una lente distinta para contribuir al despliegue de las potencialidades del sector empresarial. Deseo sugerir que utilicemos formalmente la técnica de escenarios para pensar el mañana y prepararnos para diversos futuros posibles.

No podemos anclar el futuro de nuestra actividad a un solo pronóstico o a las proyecciones macroeconómicas.

En resumen, quiero proponer formalmente que, por un lado, salgamos a legitimar públicamente el valor y utilidad social de la empresa privada, pero por otro, que hagamos un esfuerzo conjunto para procurar una relación más amable con el entorno social que la rodea. Sé que la gravedad del colapso económico impone severas limitaciones a la hora de ayudar a diversos sectores sociales. Pero no perdamos de vista que todo lo que podamos hacer en esta etapa tan dura en favor de la reconstrucción del país y de la vida de los venezolanos, se traducirá en una mayor estima para nuestro sector.

Al tiempo que, en mi modesta opinión, debemos combatir una concepción según la cual sólo es socialmente legítimo el “voto de pobreza”, hoy vengo a proponer que Fedecámaras haga un esfuerzo por estimular una mejor comprensión de los temas económicos, una mejor formación y adiestramiento, el desarrollo de la productividad y de la competitividad y un mejor relacionamiento con nuestro entorno para que el “voto de riqueza” sea lo más masivo posible. Creo que es el momento de recordar la insistencia de Emeterio Gómez en la necesidad de una nueva ética empresarial. Creo que es el momento de estimular un cambio cultural de envergadura. Las oportunidades están dadas. Venezuela está en el medio de un aprendizaje social de grandes proporciones. 

No es sólo por la vía de los grandes planes macroeconómicos que puede producirse una reactivación económica. Hirschman creía en el crecimiento desbalanceado, que parte por emprender proyectos microeconómicos. Y también creía que cuando estos lograban producir eslabonamientos o encadenamientos entre sectores, podía producirse un crecimiento y un desarrollo más “armónico”.

En nuestras manos está, en parte, la responsabilidad de producir el despegue en algunos sectores económicos, y de producir encadenamientos que permitan la reactivación del resto de los sectores. Pero procuremos hacerlo con un creciente empoderamiento ciudadano, a partir del reconocimiento del valor del trabajo en la sociedad.

Es en este sentido que deseo legarle a la institución aquello que me legó mi padre, un inmigrante italiano que huyó de los horrores de la Europa de las guerras, quien una vez me dijo: “Hijo: ayúdame a retribuirle al país las oportunidades que me dio”. Ha llegado el momento, querido viejo, de hacer valer tu palabra, la promesa que te hice. Vengo a representar al sector empresarial del país con el espíritu de tu solicitud, que hace muchos años hice mía. Creo firmemente que allí hay una pista para un nuevo encuadramiento de la actividad empresarial y para un mejoramiento de la comprensión social de nuestro rol. Retribuyámosle a la sociedad lo que nos ha dado. Traduzcamos esa deuda de gratitud en oportunidades para la mayor cantidad de venezolanos posible. 

Señoras y señores, muchas gracias por su paciencia y atención.

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